Educación conquistada y propia
Rafael Segundo Mercado Epieyu*
Resumen
Educación conquistada y propia.
En este texto el autor expresa, a través de múltiples imágenes poéticas, el poderoso contraste que observa entre su vida comunitaria y la vida en la ciudad.
Rafael Segundo Mercado Epieyu*
Resumen
Educación conquistada y propia.
En este texto el autor expresa, a través de múltiples imágenes poéticas, el poderoso contraste que observa entre su vida comunitaria y la vida en la ciudad.

*Originario del pueblo Wayuu de la Guajira. Pertenezco al clan Epieyu. Estudio en la Universidad Nacional de Colombia, Sede Bogotá. Estoy en el programa de Admisión Especial (PAES) y matriculado en pre-grado de Lingüística. Nunca había hecho este ejercicio de reflexionar sobre estos espacios donde me muevo. Es muy interesante hacerlo porque alcanza un poco lo que se llama “ser sabio”, porque “ser sabio” para muchas culturas significa preguntarse y tener la capacidad de responderse. Gracias al proyecto liderado por la Universidad de Antioquia, por invitarnos a reflexionar. Ahora podemos diferenciar con exactitud los dos contextos: uno, donde todo es consumo, donde está todo lo instantáneo. Una sociedad que produce copias en todos los planos, hasta de la misma vida se puede hablar de copia cuando se habla de clonar. Esta sociedad va al son de aquello que por un momento resplandece, por ejemplo, los autores de las telenovelas. El otro es donde todavía los atardeceres marinos se pueden admirar por su belleza, al posarse encima de las olas de un mar dorado, y donde se puede sentir todavía la magia de una noche plateada; pero no olvidemos que este mundo lo están enterrando bajo los aceites de las máquinas de diésel.

Yo soy el indígena que habita a las orillas de un mar que guarda con celo el pasado de sus raíces. Aquí en mi tierra, aún puedo tocar con mis manos lo primitivo y lo sagrado. Puedo caminar todavía, aunque muchas veces con miedo, por centenares de senderos milenarios que aún guardan, bajo de granos de arenas tostadas, las huellas de mis ancestros, también las huellas de aquellos que llegaron con la ambición de apoderarse de las riquezas de mi tierra, hoy cubiertas de tunas. Cada espina representa el dolor que una vez causaron a mis abuelos, y que hoy todavía soportamos.
Hoy, en medio de los bullicios de las máquinas que contamina días tras día a este pobre viento que no tiene tranquilidad y que no goza de su libertad ni de su virtud en acariciar con silbidos amorosos a las hojas de estos árboles majestosos, recuerdo aquellos atardeceres hermosos, cuando extendía su cálido manto y entre las olas del mar surgía Jepirachi, a traernos la frescura que se guarda en lo profundo de Palaa, paseando por estas tierras, ayudando a mecer al niño a su paso, que se adormece en el chinchorro al suave eco de un jayechi, bajo una enramada.
En las noches, al lado de una fogata, escuchaba esas narraciones de mi abuelo Juseeria: esas que surgieron de esos lugares que hoy y desde antes, ha guardado la Guajira en algún rincón de su sublime arquitectura. Lugares donde habita lo temido, lo sagrado, tü pülasükat. Pulio, uno de los nombres de lo temido, de lo misterioso que nuestros abuelos han llamado de esa manera. Es el miedo que el mismo Wayuu ha experimentado, el terror que el mismo Wayuu ha vencido, para luego transformarlo en una narración asombrosa a sus hijos y nietos. Shaneta, el jinete; epeyüi, el hombre león; waneesatai, el de una pierna; chaama´a, la anciana devoradora; nombres que pertenecen al universo de lo temido, de lo sagrado de los Wayuu. Esto ha permitido al Wayuu ver e interpretar al mundo, pero se ha tambaleado esta cosmovisión por unos fragmentos traídos de otros lugares.
Aún existe la magia de lo sobrenatural; aún merodea en los caminos solitarios de la noche. Caminos que muchas veces son adornados por la luz pálida de la luna y otras veces por las titilantes estrellas, en las noches serenas de la Guajira. Están los wanülü: que se esconden en los cuerpos de los enfermos y son combatidos por los outsü(shi) con sus poderes curativos. Los keraliaa habitan en los lugares sin vegetación, en las grandes salinas de la península: atacan a sus victimas penetrándolos por todos los orificios. Sus victimas vomitan sangre hasta morir; las mujeres abusadas por esta criatura de misterio quedan embarazadas, dando a luz seres como lagartos, sapos, culebras y toda clase de insectos hasta morir. Los akalapüi: duendes que salen de noche. Duendecillos juguetones y feroces. Habitan en la serranía de la Makuira. Atacan a los viajeros solitarios, a los extraviados, utilizándolos como objetos de sus feroces juegos.
Éstas son las realidades de una cultura que se vive bajo sus noches oscuras, muchas veces claras por la luna y otras veces adornadas por las estrellas. Esos eran temas de las narraciones de mi abuelo, cuando solía sentarme a su lado en aquellas noches, que hoy recuerdo con mucha nostalgia, en noches tan frías y bulliciosas; pero muchas veces las olvido, cuando me siento al frente de un televisor o cuando a los bares en busca de placer.
La universidad es un espacio donde puedo tener acceso a otros conocimientos centenarios, impregnados en libros; conocimientos muy interesantes, otras veces impresionantes: son fotografías de conocimientos. No es igual al mío, el mío es viviente, es palpable, convivo con él. Es fácil dialogar con los conocimientos que están impregnados en unas hojas; no es lo mismo que dialogar con los paisajes de un desierto, donde se levantan innumerables remolinos de arenas. Es ahí donde está nuestros pensamientos, nosotros los hijos de la Guajira; ahí fue donde nacimos, crecimos y nos educamos, al igual que los seres que lo habitan: en ese libro formidable corremos, jugamos; he ahí la filosofía y la poesía con las que ningún maestro de colegios y de universidades podrán dialogar; porque las sabidurías de los libros los ciegan y no son capaces de comprender la nuestra.
No es tan mala la escritura, es buena también. Es una herramienta que sirve para evitar engaños; sirve para expresar nuestros sentimientos, para que sean conocidos por otros pueblos, por ejemplo en la poesía:
Cuando oigas una voz que susurra
entre las alas del viento frío de tu ciudad
ese es el suspiro de mi corazón cada vez que me acuerdo de ti.
Si oyeras como una voz vaga en las noches frías y silenciosas
esa es la voz melancólica de mi amor
que la misma noche te ha raído desde lejos.
Quizás en tus noches
veas llegar a un turpial en tu ventana
y miraras que sus plumas están llenas de luces
¡no te sorprendas amor mío!
esos son los rayos de la luna
que te lleva para adornar tus sueños en tu cálido lecho.
Al despertarte miraras como gotas de lágrimas en tu cálido lecho
esas son las huellas del rocío
que también llegó a contemplarte entre tus sueños
y oyeras entre el rugir de las calles de tu ciudad
un silbido suave y armonioso
ese es el turpial que se está despidiendo de ti
alejándose presuroso del desorden y bulliciosos de tu ciudad.
Y cuando eso suceda, se que recordaras esas noches
cuando el silencio se dejaba sentir en un instante
y contemplábamos como llegaba el viento
encantado en acariciar las hojas de los árboles majestuosos.
Veíamos algo que se movía bajos sus sombras oscuras.
Tal vez –pensábamos- sean fantasmas antiguos
de guerreros indígenas y conquistadores.
Igual veíamos pasear el miedo por las calles ambulando
con su cara manchada de espanto, sus ojos oscuros y llorosos.
El viento susurraba entre las hojas de los árboles
con nuestros oídos torpes adivinábamos
si se asemejaba a una voz melodiosa
pero era más como una voz suplicante
semejante a la de un cementerio abandonado.
Sí, es el llanto de la tristeza.
No, es el llanto del viento.
Llora por las llagas que lleva bajos sus alas
causadas por los humos de esta ciudad –concluíamos-.
Ahora desde aquí, bajo la belleza de esta luna plateada
añoro esos momentos: me hace falta el miedo.
Es así la escritura, como una coraza que sirve de protección, es la que lleva impregnada en ella el sentimiento de un hombre o de un pueblo, sirve para la lucha, es la que yo aprendí a manejar. Ahora si puedo decir que tengo una arma poderosa en medio de una sociedad que se está quedando iletrada, que sólo se ha quedado consumidora de la industria. El hombre es hoy hombre-masa.
Así pues, la escritura es un puente para tener acceso a otros conocimientos. No es del todo malo estar en lo que se ha llamado civilización. Mi mundo es muy diferente a éste: aquí corren máquinas con cuatro ruedas, pasan rugiendo como cualquier otro animal salvaje y son peligrosas; de día y de noche chillan, tal vez como la Llorona, unas pequeñas, medianas, grandes, y otras largas y arrugadas en el centro, así son las rugientes máquinas de este espacio inmenso de concreto con unas casas que se estiran hacía arriba: hoy se cumple lo que una vez me dijo mi abuelo, que con el tiempo la gente vivirían como las avispas en sus colmenas. Observen una y seguramente se darán cuenta que tiene una entrada por donde pasa cada avispa y cada una de ellas se acomoda en un espacio de la colmena; y ahora miren a los edificios y se darán cuenta que es parecida. Esas son las enseñanzas de mi abuelo, mi amigo y mi maestro.
Aquí sólo observo, ya sea en las mañana o en las tardes, casas de cuyos techos salen humos negros; mientras, allá en mi tierra, observo paisajes de arenas perfumadas con aromas oceánicos; salinas de suelos duros, salados y candentes; cubiertas de tunas, vegetales que se resisten a morir en el tiempo.
REFERENCIA
“Educación conquistada y propia”, Revista Educación y Pedagogía, Medellín, Universidad de Antioquia, Facultad de Educación, Vol. XIX, núm. 49, pp. 79-82.
Original recibido: Julio de 2007
Aceptado: Agosto de 2007