Anibal Mercado
Uribia-guajira 1993.
Ahora en mi vida de adulto, añoro con mucha nostalgia los momentos maravillosos de mi infancia. Aquellos momentos cuando aún mi corazón no era perturbado por el dolor ni por los pesares. Aquellos momentos: cuando solía pasear por la sabana y contemplaba con curiosidad; como brotaban las vegetaciones, alzando con sus delicados hombros el estiércol del chivo en busca del calor de la luz del sol. Momentos maravillosos y fascinantes, eran aquellas horas cuando me veía en la magia de la belleza de mi tierra. Me creía ser, el ser más amado en el mundo; quizás como aquel hombre que tuvo por templo un jardín y que era guardado bajo la luz delicada del amor. Así me sentía en aquellos momentos. Para mí todo era nuevo, todo era maravilloso, era feliz caminando entre las sombras de trupillos florecientes, cuando el sol dejaba brotar su luz con todos sus encantos. Corría detrás de aquellos insectos que abundaban en épocas de invierno y los conocía con el nombre de- wakawa[1]-. Les hacía un corral en miniatura y los encerraba y empezaba a pastorearlos como si fueran chivos, eran tal mis juguetes que la misma naturaleza de mi tierra me ofrecía. Mientras avanzaba la mañana llegaba una suave y olorosa brisa que recorría toda la sabana, cuando los reyes guajiros, los cardenales, las palguaratas y los turpiales, dejaban oír sus cantos con sus prestiosas gargantas y los arrullos de las palomitas silvestres se dejaban oír de lejos como cánticos de jovencitas enamoradas. No había mas otro ruido que los cantos de las aves, era un ambiente sano, puro y hermoso. Era así el escenario de mi infancia, lugares que hoy están destruidos y que aún en sus ruinas guardan esos recuerdos dorados de mi infancia, que aun bajo los aceites de las maquinas aun conservan la huellas infantiles de mis pies.Se veían las crestas del sol en los atardeceres marinos: como un pincel de un artista moverse, creando imágenes que solo ellas son capaces de hacer. Así eran los espectáculos de los atardeceres, antes que llegara la noche con sus millares de luces titilantes.
Cada amanecer era otra oportunidad de contemplar los despertares mágicos de mi tierra. Era precioso: desde el corrar de los chivos, observaba; que la misma luz se coqueteaba al dejar caer sus encantos luminosos, al bajarse de las regiones infinitas del firmamento.
Ahora en mi vida de adulto solo vivo las fantasías de mis recuerdos infantes, ya no puedo ser feliz, en medio de tanta miseria.
Ya se fueron aquellos momentos mágicos. Aquellos momentos maravillosos. Ya no puedo sonreír al mirar a los ojos de mi abuela. Ya no me dicen nada, solo en ellas se refleja el hambre demoledor. Ya mi abuela, no se dedica enseñar los tejidos que contienen el conocimiento de sus ancestros, a sus nietas. Solo ahora se dedica a pedir desperdicios en la calle. Muchas veces no consigue nada, es cuando echa en sus hombros sus saquitos de carbón, pero muchas veces recibe insulto de aquellos que se llaman civilizados, por que creen que es una loca, cuando la miran con su rostro llena de arena y su frente arrugada manchada de carbón.
(Te llamas Guajira y te Amo. Rafael Mercado. 2006)
Te quiero
Te quiero, por que tus labios
Guardan la dulzura de mi ser.
Te quiero, por que con tus lagrimas
Ahuyentas mi dolor que me deja la vida.
Te quiero, por me ayudas a comprender
El canto de las gotas de la lluvia
Y sus gritos cuando se chocan
Con las piedras espumosas de la playa
En una noche oscura.
Te quiero, por que te asombras ante un paisaje virgen
Y ante la magia de una nube solitaria
Que viaja en una noche plateada.
Te quiero, por que veo en tus pupilas
Tatuado como una flor de pétalos titilantes
El amor que sientes por mí.
(Te llamas Guajira y te Amo. Rafael Mercado. 2006)
[1] Saltamontes migratorios.
1 comentario:
Hola Rafa
¿Por qué no ha vuelto a poner más información?
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